sábado, 4 de febrero de 2017

Te voy a querer toda la vida que he dejado atrás.

Te he querido tantísimo, vida. Te he querido tanto que siento como si me hubiese quedado sin ella. Te he querido tan mal, cielo, que aún hoy me arden las manos de todas las veces que tú has puesto las tuyas en el infierno por mí.

No me perdones, te lo ruego. Conllevaría olvidarme y yo no puedo soportar no dolerte. Llámame egoísta, malcriada, borracho o para que vuelva, pero no dejes de pronunciar mi nombre con odio cada vez que te vas solo con alguien que no soy yo a dormir.

Te he querido tan rápido, tan veloz, que nunca supe parar de correr. Me temblaban las piernas y las pestañas, y vi pasar todos tus recuerdos por delante como si aquellos años fuesen la fecha de mi nacimiento. Como si acaso yo hubiera podido renacer.

Entonces te pedí tiempo y me tragué el calendario. Te rodeé con permanente para no olvidarme de volver como quien apunta en el frigorífico la cita con el médico. Nunca me fui; había llegado tarde. O quizás no supe hacerlo. Y tú me abrazaste sincero temiendo saber que no se le puede dar el alta a quien se ha dado a sí misma por muerta.

Nunca me llevaste flores a la tumba. Nunca llevaste tumbas a las flores secas del jardín de nuestro pecho. Y yo te quise por ello con tanta fuerza que decidí sentenciar tu vida no ahogándote en el agua sucia de la mía.

Ojalá hoy lo entiendas. Ojalá comprendas que no supe hacerlo bien porque eso significaba ponernos los zapatos. Hacerles un lazo bonito a los cordones. Volvernos cuerdos. Y yo nunca he querido atarte más allá del nudo en la garganta que te provocaba tu remedio y mi enfermedad. Pero te he querido tantísimo, vida. Te he querido tanto que siento como si me hubiese quedado sin ella.

Te he querido tanto que aún hoy no he dejado de correr.


(Publicado en Dafy)

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Como el que ve llorar.

Cuando comprendí que mi nombre tenía distintos significados
según la boca que lo pronunciase,
quise quemar todos los diccionarios de mi ciudad.
Más tarde me crucé con la tuya, sonriente,
y no supe entender la diferencia entre pirómana
y ganas de arder.

Pero hoy te he visto triste y ha hecho frío en todas las ciudades.
Y yo me he hecho más pequeña y torpe.
Hoy te he visto triste, y a mí, egoísta,
lo que más tristeza me ha dado es que no haya sido mi culpa.
Entonces he querido hacer de tu pena una fiesta de cumpleaños,
manipular la comisura de tus labios,
pintarte las cosquillas con ceras de colores,
cogerte de la mano y llevarte al baile de fin de excusas,
a arrojar botellas contra tus miedos y decepciones
con mensajes que recen un “No estoy bien, pero hoy me da igual“.

Te he visto triste y tus ojos de cachorro me han mirado.
Y al hacerlo he contado los segundos que tardas en dejar de ser tú
para ser tú,
y la mujer del espejo, que soy yo,
ha salido y se ha convertido en una niña asustada
por si no es capaz de hacerte soltar carcajadas
con su risa de preescolar.

Te he visto triste y he deseado ser maga.
Sacar de mi chistera tu esperanza.
Vestirte con las ganas de salir de la cama. Meterme en ella contigo.
Apretarme contra tu pecho tan fuerte que frenase la hemorragia;
apretarte contra el mío hasta que, al verme manchada de sangre,
comprendieras que la empatía puede ser a la vez el remedio del que sufre
y la enfermedad de quien le acompaña.

Te he visto triste y he pensado que las personas tristes
no quieren que les pidan que sonrían.
Yo tampoco enseñaría los dientes a quien no le importa
si es para echarme a reír o a morder.
El llanto, sin embargo, no lo escondo;
no entiendo lo violenta que se siente la gente
cuando alguien llora.
Tú puedes hacerlo delante de mí, no voy a sacarme los ojos.
Pero sí lamería tus lágrimas.

No es una declaración de amor;
es una declaración de intenciones.
Y la promesa de que no quiero hacerte daño,
pero sí reír.


Hoy te he visto triste
y he comprendido que la diferencia entre pirómana y ganas de arder
no es más que el deseo de evaporar el agua
que, a veces, se mece en tus ojos.



(Publicado en Dafy)

jueves, 21 de abril de 2016

Volvió a ser abril y Nahuel ha traído sus colores. #AMediaDos

El chico que escuchaba sus canciones con la rabia del padre
que defiende frente a otros padres a su hijo,
orgulloso de no haberle arrebatado las plumas a sus pájaros,
ya no habla de soledad.
A veces lamenta con una sonrisa quizás en reconstrucción,
tal vez rota,
mas aún dulce
que los años le obliguen a crecer;
a hacer de la ausencia una costumbre,
de la pérdida un estado de ánimo,
de las despedidas otro defecto más a las espaldas.

Pero ya no está solo.

Y yo, que no busco que mis ojos le acompañen
porque no soy más que una letra de su olvido inconsciente
que no existe aunque esté viva en su pasado
recuerdo con una sonrisa algo restaurada,
menos rota,
mas más amarga
su abrazo a la vieja tristeza de mi pecho;
aquel guardar en sus huellas dactilares mis lágrimas.
Y me pregunto por qué ahora en esta herida
que supuró gracias a saber huir del tiempo
-a tiempo-
le echo, humana, terriblemente en falta.

Está aquí.
La chica que me robaba los silencios
por no robarme el corazón.

La guerrera que pintaba (lluvia) en la (sol)edad
y sonrisas en las calles
mientras yo me preguntaba
a dónde llegaríamos
a escribir(nos) los posibles

futuros.

Aquella que dejó de verme
por no volarnos en pedazos.

Ella…
No está sola.

Porque aunque haya heridas
que no consigamos cerrar ni por asomo
consigamos volver a vernos
en papel
o en pasados.

Porque a veces
y solo a veces
ella y yo
es decir yo
nos volvemos uno
para escribir
a(media)dos.