Cristina Pérez.

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Más que pájaros, tengo un campo de minas en la cabeza.

jueves, 8 de marzo de 2018

Allá tú, mujer.

Allá tú y la insoportable levedad del no saber estarte quieta,
siempre buscando una cara que te devuelva el pecado que un dios harto de vino
y sin permiso te perdonó. 
Allá yo y la locura que volvió loco a mi padre
y a mi madre llevó por el camino de la impaciencia,
rogándole a la virgen que me guardase de alguna manera en su vientre
para que regresase como ella me trajo al mundo
viva y libre
                  de fracasos,
                                     de miedos;
                                                       de riendas.
Allá tú, mujer, que aun decapitada levantaste tu limpio rostro de llanto
frente a la culpa que te asignaron sin mirarse las manos llenas de piedras.
Que te tragaste las hijas que jamás parirás para defenderlas de la amenaza de la vida.
Allá tú, que volaste y no me dejaste aquí, huérfana y viuda.
Allá yo, que me fui y no te abandoné con las escandalosas cifras, la brecha salarial, la cosificación mediática y todos esos titulares que nunca te contarán la verdad de mi marcha. Que dirán que me fui sola. Que llevaba falda.
Allá tú y tú y tú, y tú.
Pero nosotras siempre hemos sido más rápidas que las mentiras.

Allá nosotras donde nosotras queramos,
codo con codo,
detrás de ti, detrás de mí,
caminando contigo, mujer,
por los siglos y en los siglos.

Ya no pueden pillarnos.



jueves, 7 de septiembre de 2017

"Válgame, virgencita, ser puta y bendita".

La soledad es un árbol de hoja caduca
y yo nunca pedí flores para esta casa de muñecas, pero te lo avisé:
la rienda larga también acaba cediendo.
Y tú insististe en colocarte lejos de donde todos te llegaban,
marcarte el campo a través,
desenterrar tus ruinas como si tu cuerpo fuese la mismísima Pompeya
tras tu Vesubio particular,
y regresar con lo que encontrases de ti.

Y vaya si lo hiciste.
Y cuando te vieron y quisieron meterte en la caja,
le prendiste fuego creando tu propia hoguera,
bruja.
Mostrando y demostrando que tú estás hecha de pensamiento,
de las palabras,
de lo que sangran las poetisas y los poetas,
vivas y muertos,
que te hacen llorar.

Descubriéndoles que lo que ven no eres tú;
tú, que te quedaste en el norte de Italia
en el frío escocés
en un paisaje alemán
en los bosques de la Selva
en el mecer de las aguas
de tu Mediterráneo.

A ver cómo van a entenderte.
Cómo les explicamos ahora que quién abrió la jaula a los pájaros de tu cabeza
y quién se liberó
fuiste tú.
La misma que esquivó los tiros y no se espantó cuando fatigada
pero aún en guerra
los dejaste a todos en paz saboreando la tuya propia.

Siempre te ha sabido mejor que la venganza del mediocre.

Y ahora qué hacemos con todo esto;
dímelo tú, que te haces la lista
y lo peor, para mí y para el resto,
es que lo eres.
Yo sólo pongo la cara de buena.

Ahora qué.
Cómo les explicamos que ya no hay nada que hacer.
Que ya es tarde
-y la dicha mejor-.
Que vayan a dormir.

Que tú seguirás allí donde amanece
sabiendo que del porcentaje que faltaba de ti,
que es ese tanto por ciento que te quedaba por perder
por culpa de otros,
sólo quedan las solidificadas cenizas.

Porque al final sí, al final lo hiciste.
Vaya si lo hiciste.

Nos encontraste, maldita, resurgiendo de las mismas.
Redescubriéndonos como la mismísima Pompeya.





sábado, 15 de abril de 2017

Tienen algo en común la profesión, la decepción y el incendio.

Pasan sus días, más por encima que por delante, como si en cualquier momento fuese a explotar una bomba a la que él mismo le ha cortado mal los cables. Nadie sabe si su niño interior está muerto o callar es la única forma que tiene de pedirle auxilio. Él, por su parte, ha escuchado lo que otros tenían que decirle impasible, con la cara del hijo de puta que mata y admite que no se arrepiente. Después a solas se ha echado a llorar y a perder. Y ahora siempre duda del camino de vuelta a casa.

«No estás perdido, tan sólo confuso». Nos han jodido. ¿Acaso no es la confusión la peor forma de no encontrarse?

Conocen que no hace ruido para que se duerma el monstruo que despertó y crió hace meses y con el que ya no quiere jugar, que no es otro que el vértigo que separa la cama del suelo y al que se enfrenta cada mañana con el éxito ridículo de quien lo consigue porque no hay nadie más compitiendo. No, no necesita dormir; necesita que comprendan por qué hasta el zumbido del frigorífico molesta a quien carga con una mente que ni en sueños le da un descanso. Piensan que le pesa su risa; la misma que no logra prolongar en el tiempo. Aquella que se expande paralela con el resto y nunca llegan a mezclarse sus ecos. ¿A quién no le hace mella todo lo que ha sido y ya se fue? Primero ignorante, más tarde inocente; valiente sólo unos pocos. 

Qué terriblemente vulgar el llanto cuando lo único que busca es consuelo. Y siempre de tontos.

Pero él continúa poniendo su mejor cara partida, intuyen, cuando se cruza en las escaleras con el señor de la limpieza, con la pareja del primero yo y luego también, con la niña que no deja de joder con la pelota. Entonces recuerda la educación que un día le inyectaron: su hermana con ternura, su padre con recelo, su madre con ausencia. Y cuando viene a darse cuenta han pasado ya tres horas, cinco días, catorce años. Y la cena ya está fría. Y el teléfono sigue sonando pero ahora es él el que no quiere escucharlo. Y no pasa nada porque nadie habla de ello; porque nadie lo dice en voz alta. «¿Y cómo vas de aquello? Ya sabes». Y no pasa nada porque nada existe mientras no lo conviertan en lenguaje. Y no pasa nada porque a él no lo llaman por su nombre.

La última vez que lo vieron iba cantando por la calle, dicen. Tal y como hacía cuando nos cuidábamos entre nosotros mientras el mundo nos obligaba a crecer.
Nunca olvidas a alguien que crece contigo. ¿A quién no le hace mella todo lo que ha sido y ya se fue? Primero ignorante, inocente siempre tarde. 

Valiente,
         ¿quién?