Cristina Pérez.

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Más que pájaros, tengo un campo de minas en la cabeza.

jueves, 7 de septiembre de 2017

"Válgame, virgencita, ser puta y bendita".

La soledad es un árbol de hoja caduca
y yo nunca pedí flores para esta casa de muñecas, pero te lo avisé:
la rienda larga también acaba cediendo.
Y tú insististe en colocarte lejos de donde todos te llegaban,
marcarte el campo a través,
desenterrar tus ruinas como si tu cuerpo fuese la mismísima Pompeya
tras tu Vesubio particular,
y regresar con lo que encontrases de ti.

Y vaya si lo hiciste.
Y cuando te vieron y quisieron meterte en la caja,
le prendiste fuego creando tu propia hoguera,
bruja.
Mostrando y demostrando que tú estás hecha de pensamiento,
de las palabras,
de lo que sangran las poetisas y los poetas,
vivas y muertos,
que te hacen llorar.

Descubriéndoles que lo que ven no eres tú;
tú, que te quedaste en el norte de Italia
en el frío escocés
en un paisaje alemán
en los bosques de la Selva
en el mecer de las aguas
de tu Mediterráneo.

A ver cómo van a entenderte.
Cómo les explicamos ahora que quién abrió la jaula a los pájaros de tu cabeza
y quién se liberó
fuiste tú.
La misma que esquivó los tiros y no se espantó cuando fatigada
pero aún en guerra
los dejaste a todos en paz saboreando la tuya propia.

Siempre te ha sabido mejor que la venganza del mediocre.

Y ahora qué hacemos con todo esto;
dímelo tú, que te haces la lista
y lo peor, para mí y para el resto,
es que lo eres.
Yo sólo pongo la cara de buena.

Ahora qué.
Cómo les explicamos que ya no hay nada que hacer.
Que ya es tarde
-y la dicha mejor-.
Que vayan a dormir.

Que tú seguirás allí donde amanece
sabiendo que del porcentaje que faltaba de ti,
que es ese tanto por ciento que te quedaba por perder
por culpa de otros,
sólo quedan las solidificadas cenizas.

Porque al final sí, al final lo hiciste.
Vaya si lo hiciste.

Nos encontraste, maldita, resurgiendo de las mismas.
Redescubriéndonos como la mismísima Pompeya.





sábado, 15 de abril de 2017

Tienen algo en común la profesión, la decepción y el incendio.

Pasan sus días, más por encima que por delante, como si en cualquier momento fuese a explotar una bomba a la que él mismo le ha cortado mal los cables. Nadie sabe si su niño interior está muerto o callar es la única forma que tiene de pedirle auxilio. Él, por su parte, ha escuchado lo que otros tenían que decirle impasible, con la cara del hijo de puta que mata y admite que no se arrepiente. Después a solas se ha echado a llorar y a perder. Y ahora siempre duda del camino de vuelta a casa.

«No estás perdido, tan sólo confuso». Nos han jodido. ¿Acaso no es la confusión la peor forma de no encontrarse?

Conocen que no hace ruido para que se duerma el monstruo que despertó y crió hace meses y con el que ya no quiere jugar, que no es otro que el vértigo que separa la cama del suelo y al que se enfrenta cada mañana con el éxito ridículo de quien lo consigue porque no hay nadie más compitiendo. No, no necesita dormir; necesita que comprendan por qué hasta el zumbido del frigorífico molesta a quien carga con una mente que ni en sueños le da un descanso. Piensan que le pesa su risa; la misma que no logra prolongar en el tiempo. Aquella que se expande paralela con el resto y nunca llegan a mezclarse sus ecos. ¿A quién no le hace mella todo lo que ha sido y ya se fue? Primero ignorante, más tarde inocente; valiente sólo unos pocos. 

Qué terriblemente vulgar el llanto cuando lo único que busca es consuelo. Y siempre de tontos.

Pero él continúa poniendo su mejor cara partida, intuyen, cuando se cruza en las escaleras con el señor de la limpieza, con la pareja del primero yo y luego también, con la niña que no deja de joder con la pelota. Entonces recuerda la educación que un día le inyectaron: su hermana con ternura, su padre con recelo, su madre con ausencia. Y cuando viene a darse cuenta han pasado ya tres horas, cinco días, catorce años. Y la cena ya está fría. Y el teléfono sigue sonando pero ahora es él el que no quiere escucharlo. Y no pasa nada porque nadie habla de ello; porque nadie lo dice en voz alta. «¿Y cómo vas de aquello? Ya sabes». Y no pasa nada porque nada existe mientras no lo conviertan en lenguaje. Y no pasa nada porque a él no lo llaman por su nombre.

La última vez que lo vieron iba cantando por la calle, dicen. Tal y como hacía cuando nos cuidábamos entre nosotros mientras el mundo nos obligaba a crecer.
Nunca olvidas a alguien que crece contigo. ¿A quién no le hace mella todo lo que ha sido y ya se fue? Primero ignorante, inocente siempre tarde. 

Valiente,
         ¿quién?




miércoles, 7 de diciembre de 2016

Como el que ve llorar.

Cuando comprendí que mi nombre tenía distintos significados
según la boca que lo pronunciase,
quise quemar todos los diccionarios de mi ciudad.
Más tarde me crucé con la tuya, sonriente,
y no supe entender la diferencia entre pirómana
y ganas de arder.

Pero hoy te he visto triste y ha hecho frío en todas las ciudades.
Y yo me he hecho más pequeña y torpe.
Hoy te he visto triste, y a mí, egoísta,
lo que más tristeza me ha dado es que no haya sido mi culpa.
Entonces he querido hacer de tu pena una fiesta de cumpleaños,
manipular la comisura de tus labios,
pintarte las cosquillas con ceras de colores,
cogerte de la mano y llevarte al baile de fin de excusas,
a arrojar botellas contra tus miedos y decepciones
con mensajes que recen un “No estoy bien, pero hoy me da igual“.

Te he visto triste y tus ojos de cachorro me han mirado.
Y al hacerlo he contado los segundos que tardas en dejar de ser tú
para ser tú,
y la mujer del espejo, que soy yo,
ha salido y se ha convertido en una niña asustada
por si no es capaz de hacerte soltar carcajadas
con su risa de preescolar.

Te he visto triste y he deseado ser maga.
Sacar de mi chistera tu esperanza.
Vestirte con las ganas de salir de la cama. Meterme en ella contigo.
Apretarme contra tu pecho tan fuerte que frenase la hemorragia;
apretarte contra el mío hasta que, al verme manchada de sangre,
comprendieras que la empatía puede ser a la vez el remedio del que sufre
y la enfermedad de quien le acompaña.

Te he visto triste y he pensado que las personas tristes
no quieren que les pidan que sonrían.
Yo tampoco enseñaría los dientes a quien no le importa
si es para echarme a reír o a morder.
El llanto, sin embargo, no lo escondo;
no entiendo lo violenta que se siente la gente
cuando alguien llora.
Tú puedes hacerlo delante de mí, no voy a sacarme los ojos.
Pero sí lamería tus lágrimas.

No es una declaración de amor;
es una declaración de intenciones.
Y la promesa de que no quiero hacerte daño,
pero sí reír.


Hoy te he visto triste
y he comprendido que la diferencia entre pirómana y ganas de arder
no es más que el deseo de evaporar el agua
que, a veces, se mece en tus ojos.



(Publicado en Dafy)