jueves, 8 de marzo de 2018

Allá tú, mujer

Allá tú y la insoportable levedad del no saber estarte quieta,
siempre buscando una cara que te devuelva el pecado que un dios harto de vino
y sin permiso te perdonó. 
Allá yo y la locura que volvió loco a mi padre
y a mi madre llevó por el camino de la impaciencia,
rogándole a la virgen que me guardase de alguna manera en su vientre
para que regresase como ella me trajo al mundo
viva y libre
                  de fracasos,
                                     de miedos;
                                                       de riendas.
Allá tú, mujer, que aun decapitada levantaste tu limpio rostro de llanto
frente a la culpa que te asignaron sin mirarse las manos llenas de piedras.
Que te tragaste las hijas que jamás parirás para defenderlas de la amenaza de la vida.
Allá tú, que volaste y no me dejaste aquí, huérfana y viuda.
Allá yo, que me fui y no te abandoné con las escandalosas cifras, la brecha salarial, la cosificación mediática y todos esos titulares que nunca te contarán la verdad de mi marcha. Que dirán que me fui sola. Que llevaba falda.
Allá tú y tú y tú, y tú.
Pero nosotras siempre hemos sido más rápidas que las mentiras.

Allá nosotras donde nosotras queramos,
codo con codo,
detrás de ti, detrás de mí,
caminando contigo, mujer,
por los siglos y en los siglos.

Ya no pueden pillarnos.



jueves, 7 de septiembre de 2017

"Válgame, virgencita, ser puta y bendita"

La soledad es un árbol de hoja caduca
y yo nunca pedí flores para esta casa de muñecas, pero te lo avisé:
la rienda larga también acaba cediendo.
Y tú insististe en colocarte lejos de donde todos te llegaban,
marcarte el campo a través,
desenterrar tus ruinas como si tu cuerpo fuese la mismísima Pompeya
tras tu Vesubio particular,
y regresar con lo que encontrases de ti.

Y vaya si lo hiciste.
Y cuando te vieron y quisieron meterte en la caja,
le prendiste fuego creando tu propia hoguera,
bruja.
Mostrando y demostrando que tú estás hecha de pensamiento,
de las palabras,
de lo que sangran las poetisas y los poetas,
vivas y muertos,
que te hacen llorar.

Descubriéndoles que lo que ven no eres tú;
tú, que te quedaste en el norte de Italia
en el frío escocés
en un paisaje alemán
en los bosques de la Selva
en el mecer de las aguas
de tu Mediterráneo.

A ver cómo van a entenderte.
Cómo les explicamos ahora que quién abrió la jaula a los pájaros de tu cabeza
y quién se liberó
fuiste tú.
La misma que esquivó los tiros y no se espantó cuando fatigada
pero aún en guerra
los dejaste a todos en paz saboreando la tuya propia.

Siempre te ha sabido mejor que la venganza del mediocre.

Y ahora qué hacemos con todo esto;
dímelo tú, que te haces la lista
y lo peor, para mí y para el resto,
es que lo eres.
Yo sólo pongo la cara de buena.

Ahora qué.
Cómo les explicamos que ya no hay nada que hacer.
Que ya es tarde
-y la dicha mejor-.
Que vayan a dormir.

Que tú seguirás allí donde amanece
sabiendo que del porcentaje que faltaba de ti,
que es ese tanto por ciento que te quedaba por perder
por culpa de otros,
sólo quedan las solidificadas cenizas.

Porque al final sí, al final lo hiciste.
Vaya si lo hiciste.

Nos encontraste, maldita, resurgiendo de las mismas.
Redescubriéndonos como la mismísima Pompeya.





sábado, 15 de abril de 2017

Tienen algo en común la profesión, la decepción y el incendio

Pasan sus días, más por encima que por delante, como si en cualquier momento fuese a explotar una bomba a la que él mismo le ha cortado mal los cables. Nadie sabe si su niño interior está muerto o callar es la única forma que tiene de pedirle auxilio. Él, por su parte, ha escuchado lo que otros tenían que decirle impasible, con la cara del hijo de puta que mata y admite que no se arrepiente. Después a solas se ha echado a llorar y a perder. Y ahora siempre duda del camino de vuelta a casa.

«No estás perdido, tan sólo confuso». Nos han jodido. ¿Acaso no es la confusión la peor forma de no encontrarse?

Conocen que no hace ruido para que se duerma el monstruo que despertó y crió hace meses y con el que ya no quiere jugar, que no es otro que el vértigo que separa la cama del suelo y al que se enfrenta cada mañana con el éxito ridículo de quien lo consigue porque no hay nadie más compitiendo. No, no necesita dormir; necesita que comprendan por qué hasta el zumbido del frigorífico molesta a quien carga con una mente que ni en sueños le da un descanso. Piensan que le pesa su risa; la misma que no logra prolongar en el tiempo. Aquella que se expande paralela con el resto y nunca llegan a mezclarse sus ecos. ¿A quién no le hace mella todo lo que ha sido y ya se fue? Primero ignorante, más tarde inocente; valiente sólo unos pocos. 

Qué terriblemente vulgar el llanto cuando lo único que busca es consuelo. Y siempre de tontos.

Pero él continúa poniendo su mejor cara partida, intuyen, cuando se cruza en las escaleras con el señor de la limpieza, con la pareja del primero yo y luego también, con la niña que no deja de joder con la pelota. Entonces recuerda la educación que un día le inyectaron: su hermana con ternura, su padre con recelo, su madre con ausencia. Y cuando viene a darse cuenta han pasado ya tres horas, cinco días, catorce años. Y la cena ya está fría. Y el teléfono sigue sonando pero ahora es él el que no quiere escucharlo. Y no pasa nada porque nadie habla de ello; porque nadie lo dice en voz alta. «¿Y cómo vas de aquello? Ya sabes». Y no pasa nada porque nada existe mientras no lo conviertan en lenguaje. Y no pasa nada porque a él no lo llaman por su nombre.

La última vez que lo vieron iba cantando por la calle, dicen. Tal y como hacía cuando nos cuidábamos entre nosotros mientras el mundo nos obligaba a crecer.
Nunca olvidas a alguien que crece contigo. ¿A quién no le hace mella todo lo que ha sido y ya se fue? Primero ignorante, inocente siempre tarde. 

Valiente,
         ¿quién?




miércoles, 7 de diciembre de 2016

Como el que ve llorar

Cuando comprendí que mi nombre tenía distintos significados
según la boca que lo pronunciase,
quise quemar todos los diccionarios de mi ciudad.
Más tarde me crucé con la tuya, sonriente,
y no supe entender la diferencia entre pirómana
y ganas de arder.

Pero hoy te he visto triste y ha hecho frío en todas las ciudades.
Y yo me he hecho más pequeña y torpe.
Hoy te he visto triste, y a mí, egoísta,
lo que más tristeza me ha dado es que no haya sido mi culpa.
Entonces he querido hacer de tu pena una fiesta de cumpleaños,
manipular la comisura de tus labios,
pintarte las cosquillas con ceras de colores,
cogerte de la mano y llevarte al baile de fin de excusas,
a arrojar botellas contra tus miedos y decepciones
con mensajes que recen un “No estoy bien, pero hoy me da igual“.

Te he visto triste y tus ojos de cachorro me han mirado.
Y al hacerlo he contado los segundos que tardas en dejar de ser tú
para ser tú,
y la mujer del espejo, que soy yo,
ha salido y se ha convertido en una niña asustada
por si no es capaz de hacerte soltar carcajadas
con su risa de preescolar.

Te he visto triste y he deseado ser maga.
Sacar de mi chistera tu esperanza.
Vestirte con las ganas de salir de la cama. Meterme en ella contigo.
Apretarme contra tu pecho tan fuerte que frenase la hemorragia;
apretarte contra el mío hasta que, al verme manchada de sangre,
comprendieras que la empatía puede ser a la vez el remedio del que sufre
y la enfermedad de quien le acompaña.

Te he visto triste y he pensado que las personas tristes
no quieren que les pidan que sonrían.
Yo tampoco enseñaría los dientes a quien no le importa
si es para echarme a reír o a morder.
El llanto, sin embargo, no lo escondo;
no entiendo lo violenta que se siente la gente
cuando alguien llora.
Tú puedes hacerlo delante de mí, no voy a sacarme los ojos.
Pero sí lamería tus lágrimas.

No es una declaración de amor;
es una declaración de intenciones.
Y la promesa de que no quiero hacerte daño,
pero sí reír.


Hoy te he visto triste
y he comprendido que la diferencia entre pirómana y ganas de arder
no es más que el deseo de evaporar el agua
que, a veces, se mece en tus ojos.



(Publicado en Dafy)

jueves, 21 de abril de 2016

Volvió a ser abril y Nahuel ha traído sus colores #AMediaDos

El chico que escuchaba sus canciones con la rabia del padre
que defiende frente a otros padres a su hijo,
orgulloso de no haberle arrebatado las plumas a sus pájaros,
ya no habla de soledad.
A veces lamenta con una sonrisa quizás en reconstrucción,
tal vez rota,
mas aún dulce
que los años le obliguen a crecer;
a hacer de la ausencia una costumbre,
de la pérdida un estado de ánimo,
de las despedidas otro defecto más a las espaldas.

Pero ya no está solo.

Y yo, que no busco que mis ojos le acompañen
porque no soy más que una letra de su olvido inconsciente
que no existe aunque esté viva en su pasado
recuerdo con una sonrisa algo restaurada,
menos rota,
mas más amarga
su abrazo a la vieja tristeza de mi pecho;
aquel guardar en sus huellas dactilares mis lágrimas.
Y me pregunto por qué ahora en esta herida
que supuró gracias a saber huir del tiempo
-a tiempo-
le echo, humana, terriblemente en falta.

Está aquí.
La chica que me robaba los silencios
por no robarme el corazón.

La guerrera que pintaba (lluvia) en la (sol)edad
y sonrisas en las calles
mientras yo me preguntaba
a dónde llegaríamos
a escribir(nos) los posibles

futuros.

Aquella que dejó de verme
por no volarnos en pedazos.

Ella…
No está sola.

Porque aunque haya heridas
que no consigamos cerrar ni por asomo
consigamos volver a vernos
en papel
o en pasados.

Porque a veces
y solo a veces
ella y yo
es decir yo
nos volvemos uno
para escribir
a(media)dos.


domingo, 29 de noviembre de 2015

La piedra con la que siempre tropezamos es un bordillo; a ver esos dientes

Me pregunto a qué le teme aquel que busca en personas libros de autoayuda. Cuánta empatía nunca jamás nadie puso en sus hombros aliviándole el peso de los mismos. 
No hagas heridas en cuerpos ajenos para cobrar las cicatrices del tuyo, me digo. Tener razones para llorar no es tener permiso para hacérselo a otros y creo que quien está realmente con la mierda hasta el cuello, en lo último que pensaría es en ahogar al de al lado; en lo primero sería en salvarlo.

Mucho miedo tenemos que dar las personas para que los monstruos se escondan en el armario, pienso. No acepto el "cuídate" de nadie que no se vaya a quedar a ver si lo hago y es por el mismo motivo que me gustaría ser capaz de gritar un "basta" en mitad de una plaza llena de transeúntes, porque no son más que personas que pasan por un lugar y también de largo ausentes a todo sentimiento que no le ensucie la camisa, y que todos bajasen la cabeza pensando que tengo razón y no en que la he perdido. Tampoco es tan importante, me convenzo. Espero no darme por vencida a la tercera de la décima vez que lo intente y, si existe un dios y tras suficientes años de cagarme en él no me lo impide, darme por contenta, la vuelta y dejarme abrazar por los míos, que son el tejado de esta casa en construcción constante que soy yo, me conformo.
Mientras tanto me acuno en la idea de que algún año tendré treinta y no estaré segura de si ese será mi lugar, sin embargo mi preferido en todo el mundo seguirá estando bajo el edredón de mis padres. Imagino que entonces no andaré tan perdida.


Ahora algo me mantiene despierta, pero no sé si es el enjambre de abejas en la cabeza o la colmena abandonada en el pecho. Aquí sigo, alimentando cuervos en los ojos por el que nunca me dejó ciega; escribiendo en pasado cosas que no vivo para encontrarme con el déjà vu en el futuro y hacer como si esta vez sí; sabiendo decir adiós sin pensar en cuántas vidas se me van en aprender, despedida tras despedida, a escucharlo.

Probablemente para aquel que no tenía nada que perder tampoco fue suficiente, me repito.

Así que guardo silencio y aparecen larvas en mi lengua; “n u n c a  m á s”, deletreo.
Y al mirarme al espejo luzco las encías sangrantes de los perros que ladraban por no morder. 

No recuerdo en qué momento las palabras dejaron de afilar nuestros dientes.



martes, 1 de septiembre de 2015

Ni muerta ni de parranda

Ahora, que ya no me asusta el pasado
ni la lágrima
ni el infierno
ni el pecado cometido
y por cometer.

Ahora que no tengo miedo
al dedo del espejo en la herida
a la herida infectada por la paja
a la paja del ojo ajeno
al ojo ajeno.

Ahora, que no sé si soy la de antes
o la de siempre
que no quiero entender las letras
que borro
que escondo
que quemo
que miento;

yo, que no soy más que este creer conocerme de nuevo
que no soy más que este mar con vistas a una casa con globos
que no soy más que esta casa con globos llena de gente alegre
que soy toda esta gente alegre
celebrando el nacimiento de alguien que baila
que
resulta
ser
yo;

yo, ahora que no existo,
que venga el invierno
                     y nos saque los ojos.



miércoles, 31 de diciembre de 2014

"Ábreme el pecho y registra"

Llevo varias noches teniendo sueños que al día siguiente recuerdo y me despierto convertida en pesadilla. Apareces en todos, pero no eres tú. Tampoco soy yo, pero me reconoces. Es extraño. No sé qué quiere decirme a este ras del suelo mi subconsciente ni si tienen algún significado que alguna pitonisa sabia y barata de la calle de al lado me sabría decir. No tengo ni idea porque he roto todas las bombillas de mi cuarto. En la mayoría de ellos aparecen manos con sangre y risas que me perforan la garganta. Amanezco afónica con la sensación de haber cometido un crimen por el simple hecho de despertar. Trato de analizar las imágenes intentando encontrar cualquier cosa que me dé alguna pista. Pero no aterrizo.

Dónde nos habremos metido ahora que ni en sueños somos los mismos.
Dónde te estarás escondiendo ahora que lo único que te queda de mí, eres tú.

Me pregunto cuántos kilómetros se necesitan para considerarlo olvido. Qué olvidos me harán falta para poder pronunciar tu nombre sin tartamudear. A quiénes tendré que besar para matarte. Cuándo volverás a morirte conmigo.

No contestes, no quiero saberlo.

Han pasado tantos años por encima desde que nos marchamos que sigo mirando el reloj por si llego tarde. Un día en esta casa son cinco meses en mi mente mirando fijamente la puerta. "Vamos, ábrela". Pero lo único que pasa es que acabo dormida. Y sueño que suenan unas llaves y eres tú, que entras y te sitúas a mi lado. No me miras, pero comienzas a hablar y yo no puedo escucharte porque no reconozco tu voz. Y sigues hablando y hablando y moviendo las manos y los brazos explicándome lo que mi subconsciente me quiere decir; contándome el significado de estos sueños como haría la pitonisa de la calle de al lado. No nos miramos, ni siquiera giramos la cabeza. Nuestros cuerpos se mantienen de pie impasibles y apáticos, pero escucho carcajadas y siento como si mi alma me estuviese apuñalando por dentro para salir a encontrarse con la tuya, que trata de escapar con las uñas rasgándote y dibujándote arañazos en el pecho.

Entonces me despierto y sólo recuerdo manos con sangre y risas que me perforan la garganta.



domingo, 23 de noviembre de 2014

Cortarse con lo sano

He quemado las cartas y los discos.
Las fotografías de aquel viaje al extranjero
en las que sonreía con los ojos de la niña
que ve por primera vez el mar. 
He ordenado los cajones y el armario.
Tirado la ropa vieja y regalado la que ya no me hace tan bonita.
He cambiado el rojo por el granate en las uñas
y la vainilla por el jazmín en el gel.
También he pintado las paredes. 
De blanco, para que brille.
Y para volver a mancharlas de sangre
cuando todo aquí dentro vuelva a mancharse de pena.
He quitado el polvo del recuerdo de la estantería
y por fin he arreglado el grito del cuarto de baño
que noche tras noche no me dejaba dormir.
La puerta de la cocina ya no chirría nombres
y las flores muertas del balcón han acabado dentro de mis libros,
que han acabado dentro de unas cajas
que mañana a primera hora llevaré a la librería de segunda mano
del centro de esta ciudad.

Ahora todo aquí está nuevo. Incluso yo.
Pero no ha servido de nada:

No consigo quitarme tu olor de encima.



jueves, 25 de septiembre de 2014

Dos no bailan si uno no es música. Con Jota

El otro día paseando encontré una pintada
que versaba un "no me olvides".
No pude evitar pensar que antes que una despedida,
eso era una nota de suicidio.
Entonces comencé a acordarme de las margaritas
y de que algún día nos arrancarán los brazos
por tanto preguntar si nos quieren en lugar de si nos queremos.
¿Alguien ha muerto alguna vez en alguna vida por amor propio?
Yo sí he matado.

Que no hay más ciego que el no quiere que le vean
lo descubrí la noche que me quedé dormida en el baño.
En casa ajena. Quiero decir, la mía; pero cuando me desconocía.
A la mañana siguiente nadie me había peinado el pelo con tanta dulzura
como yo me besé los hombros.
Ahora me tengo miedo porque ya me sé demasiado bien
para no querer salir huyendo de nuevo de mí.

Esa misma noche comprendí que para echar de menos
sólo necesitamos a alguien lejos
pero para echar en falta, a nosotros mismos muy dentro
tanto tanto
que no nos seamos suficiente ni mirándonos al espejo
y gustándonos.
También que hay una diferencia entre pedirle a alguien que no se vaya
y pedirle a alguien que se quede,
y es que en la primera ya se ha ido.

Puedes correr para alcanzarle. Tratar de hacerlo. Conseguirlo.
Pero después deberás aprender a curarte tú mismo las rodillas.

Yo, sin embargo, me he escrito por todo mi cuarto la palabra "quédate".
No, no es una nota de suicidio; es una bienvenida.


Yo sólo venía a ver qué hacía 
y la he pillado escribiendo
canciones en las paredes.
Tan música, tan bonita como siempre.

A mí el "quédate" se me suele quedar atragantado en la garganta
yo qué sé
y al final no digo nada.
Y se largan, 
como de costumbre.

Quiero proponerte un idioma nuevo
sin imperativos
ni condicionales. 
Sólo silencios, 
risas y besos.

No tengo nada, eso es verdad. Pero mira: te lo doy todo.
Incluso lo que me falta.

Juntos éramos nieve
de tanto desnudarnos
acabamos
siendo lluvia.

El hombre del tiempo nunca acierta
mira al cielo y no a los ojos de la gente.

A pesar de que a veces 
echo de menos la nube triste de tu cuarto
a mí me trajeron a este mundo en diciembre 
para ser eternamente
tormenta de verano.



miércoles, 24 de septiembre de 2014

No una, ¡dos!


Vengo a contar que, además de esta casita con vistas a lo que cada uno quiera, DAFY. y los fantásticos que llevan esta Red Cultural se pusieron manos a la obra y, entre otras muchas cosas que podéis ver en esta página, me han construido una casita con vistas al mar donde pasar las estaciones (¡aquí, aquí!).


Estáis invitados a entrar y ponerla patas arriba. Podéis andar descalzos, desordenar el sofá y torcerme los cuadros que vaya colgando siempre que queráis.

viernes, 22 de agosto de 2014

Te he vuelto a escribir

Te he vuelto a escribir, y quien dice escribir dice imaginar. Desnudo de espinas, como en aquella época en la que reías al verme llegar dando saltitos. Como cuando ambos soplamos velas y cumplimos trece años, y nuestros niños interiores andaban celosos de nosotros. Estabas guapísimo. Nunca te he visto tan guapo como en ese entonces. ¿Te acuerdas? Me enredabas el pelo para hacerme rabiar y me mordías la nariz como preludio a cualquier baile de pies o de besos. Ese sofá era el castillo de cualquier princesa que yo me negaba a ser y tú a rescatar. Nosotros preferíamos ser perros muertos de hambre para tener permiso constante al no-ayuno. Para complacer al sexo que nunca llegaba tarde y sí con flores.

Te he vuelto a escribir, y quien dice escribir dice pensar. Una vez quise hacerte literatura y acabé revolviéndote las tripas como si jugase con elásticos y no con letras. No te quejaste nunca. Ni una sola vez. Amabas el dolor que te producía mi falta de educación; el odio energúmeno de saberte mío convencida de que jamás podrías serlo. Éramos de locos; quiero decir, nuestros. De tanto en tanto me descalzabas para jugar con mi talla 37 y acababas sintiéndote hormiga con tal de hacerme a mí montaña. Me besabas dulcemente hasta hacer costra, porque aprendiste que peor que la cicatriz es querer salvarse de la herida. Más tarde lo olvidaste y es por eso que yo en estos momentos te escribo.

Y quien dice escribir, dice disimular. No te echo de menos, pero me acuerdo todas las mañanas de tus manos de cuervo. Vivían enamoradas de meterle mano a la ausencia latente de mí misma. La masturbaban hasta el orgasmo y era yo la que gemía volviendo a la vida. Como un atentado entre pecho y espalda. Después tú me observabas con los párpados como quien es cómplice del artista. Más tarde lo hacías con tus mares infinitos y a mí me daba por pensar que eran los únicos que sabían lo que miraba la muchacha de Dalí por la ventana.

Ojalá hubiese conseguido hacerte literatura y no sólo libro.

Te he vuelto a escribir. A manipular la nostalgia, el recuerdo. La desidia que me escama la piel y la cobardía. Te he vuelto a escribir y he vuelto a besarte el pelo, a olerte en las alturas de ese cielo raso en el que tú divagas. Te he vuelto a escribir para que tu arritmia siga latiendo al ritmo de mis dedos; para que mis dedos latan debido a tu taquicardia. Te he vuelto a escribir porque el crimen siempre vuelve al asesino. Para que nunca seas olvido ni cadáver ni polvo.

Te he vuelto a escribir.
Pero eres tú el que se ha manchado de sangre.



lunes, 11 de agosto de 2014

Despojarse de uno mismo para besarse las rodillas

He abandonado la pena del pez de pecera,
la lectura del espejo acusador que busca hurgar en la herida sin purgarla.
Me he creído verdugo para hacerme pasar por víctima,
he besado a las víctimas a las que manipulé para que se supiesen verdugos
y me he ido sin moverme de esta habitación gris que espera que explote
y manche sus paredes de colores.
He hablado con ojos cerrados manteniendo los míos muy abiertos
como si así todo lo que saliese por ellos debiera ser cierto
y no autoengaño.
Me he mentido encima y se han salpicado otros.
He escapado del silencio abrumador por no oír
el ruido que late en mis sienes y cuando he querido disparar,
he recordado que hace ya un tiempo que me tragué las balas
por no apuntar a mis pies.

Ahora estoy bailando. Bailo música que suena aquí dentro
y no consigo adivinar si son huesos rotos o mi niña interior aplaudiendo.
Me estoy dejando traer
con la dulzura del que se siente perdido sabiendo a dónde va
porque siempre me llevo a las espaldas.
Permito al mar que me meza y me peine el pelo
y sonrío sin la vergüenza del niño que está cambiando los dientes.
No me reconozco y me sé de memoria.
Observo fotografías propias y pongo mi dedo en mis labios.
Me noto respirar.
Miro con el orgullo de una madre a mis errores
y luzco cicatrices de mordiscos de hormigas
por el gusto de disimular que sólo la fiera ataca y es atacada por sí misma.
-Disculpa que te hable de mí-.
Es cierto que hace frío en esta mente que busca cesar el encuentro,
vaciar la pérdida;
pero no llueve allí fuera.


He escampado.



lunes, 14 de julio de 2014

La vergüenza del que ni quiere ni lo intenta

Andas como despistada y quejumbrosa, mezclando los colores de las fachadas con los de tus sandalias. Inmersa en ese instante de recién nacido en el que nos hallamos nada más despertar y al que tú consigues llegar tan fácilmente de tu propia mano. Caminas pasando el dedo índice por las sillas de las terrazas donde hueles a café; por las mesitas de madera vieja al sol de la tienda de muebles que hay en la plaza; por las flores que las vecinas, libres de niños, cuidan cada mañana. Caminas y no te das cuenta de que lo haces. No piensas en nada, sólo miras y tocas y hueles. Te sonríes de vez en cuando por algún recuerdo que se te proyecta de golpe y caricia en los ojos y acto seguido desaparece liviano. Caminas y el resto camina contigo o por ti. Un paso, otro, otro más. Y por un momento son tus pies de niña los que nos mantienen equilibrados. Estúpidos pasan por tu lado y no advierten de qué estás hecha. De quién te hiciste. Andan deprisa para llegar a ningún sitio, como si así fuesen a correrse antes en cualquier suelo. Deseosos de cumplir con la tarea del día para sentirse realizados. Tú en cambio sigues caminando contigo misma. Te miras las huellas y piensas en ese juego de cuando eras cría que consistía en evitar las líneas de las baldosas, y las evitas. Tarareas una canción que probablemente no existe y te sientes viva y vivida. No tienes prisa ni reloj. Ni dueño ni miedo. No tienes nada que ganar porque en ese momento no eres consciente de todo lo que te queda por perder.

Sólo caminas.

Yo te observo pensativo, queriendo saber si te miro ajeno al resto o formando parte del resto que te mira.

Y entonces ahí estás.
Y entonces te veo.



lunes, 23 de junio de 2014

Hasta que no me quedo dormida no soy persona

Hoy he llegado a casa temprano y no había nadie aún.
"Qué bien", me he dicho.
He dejado el bolso encima de la silla de la cocina y me he quitado los zapatos,
el sujetador y el pelo de la cara.
"Ahora sí", me he sonreído.
Me he tirado al sofá como quien lleva cincuenta años buscándose.
"Puf, el lunes que viene voy a hacerme la analítica de una maldita vez;
este cansancio ya es insoportable", 
también me he mentido.
He encendido la televisión y he dejado el canal en el que estaba,
sólo quería ruido de fondo para poder escucharme a mí.
Me he dejado llevar por un recuerdo que vagabundeaba tímido
y al final he acabado dormida y sin sueños.
Cuando he despertado eran las dos de la mañana.
Seguía sola.
"Qué raro", he susurrado mientras me levantaba y me recogía el pelo.
He cogido el teléfono y marcado el número.
"Piii piii piii", he recordado lo mucho que odio que las llamadas comuniquen.
"¿Dónde cojones me habré metido a estas horas?", me he gritado.
"Bah. Ya me llamo mañana si eso".


lunes, 9 de junio de 2014

Otro estúpido relato más para la paz de quién



Espero que no se me olvide nunca
que aquello que reconozco como casa,
lo seguirá siendo cuando yo no lo recuerde.


Nos quisimos ahora, pero jamás aquí o allí.

Lo hicimos en cada conjunción copulativa que nos llevaba de la mano a pesar de no ser por el mismo camino de vuelta. En todas las conjugaciones que inventaste para ambos en un intento de hacerte mío a tu antojo. Aprendimos a abrazar cuando el vértigo a soltarnos fue más grande que la vergüenza de encontrarnos desnudos en el abrazo. Quisimos no dejar de besarnos cuando nos dimos cuenta de que el olor a silencio era más grato que el tintineo del te quiero. Lamimos el techo con la furia del amante y la paz del que halla cierto gusto en la mentira. Tendimos carcajadas los días de sol con ojos que incitaban a la decepción del que ha perdido la esperanza pero no la paciencia. Nos esperamos los domingos y olvidamos por qué esa gente de ahí afuera quería acabar con ellos. Acabarse en ellos. Le pusimos tristeza al miércoles y no al lunes, y tedio a otras bocas que parecían susurrar baladas y no balas. Nunca fuimos verdad, pero sí ciertos y acertamos en huir de lo verídico. Fabricamos viajes en camas de 90 y con una manta de sofá sin necesidad de carretera para visitar otras ciudades. Discutíamos sobre miedos y rechazamos no dejarnos el corazón en el tejado. No nos echábamos de menos; sólo ganas de más encima. Y por debajo de los vestidos que soñabas con volver a ponerme dulcemente compensando tu rabia al quitármelos. Queríamos llegar al hueso y acabamos tocando fondo. Mordiéndonos los tobillos por no clavarnos los clavos. Besándonos la frente sin saber que nos estábamos condenando a vestir la corona de espinas para el resto de todas las flores que nos quedan por matar.

También te vi volar y caí. Me viste equivocarme y te confundiste conmigo. Hablé de tu nombre como si hablase del futuro y acabamos deseando el porvenir. El que más lejos nos pillaba y nunca de paso.


Ni ahora. Ni siquiera aquí o allí.





lunes, 2 de junio de 2014

Resquicio II

Tal vez debí ser la mala 
y no la amante.

La hostia 
en lugar del orgasmo.

El grito 
ante la paciencia absoluta.




[...]
Y ahora busco la manera 
de volver a remendar mis labios,
sin marcar tu número.

martes, 27 de mayo de 2014

Ni tanto ni tan sin ti

Ya sé que esto te va a coger por sorpresa, y probablemente estés maldiciéndome de aquí en adelante hasta que me empujes al olvido, pero yo no puedo más. Me voy, Javi. No es que me vaya a mudar o que vaya a probar suerte al extranjero. Lo que quiero decir es que no quiero saber de ti en mucho mucho tiempo. Nunca pensé que estaría tan segura de esto, siempre he creído que me dolería tu ausencia y tener que forzarme a ella. Pero me equivocaba. Estoy ansiosa de sacarte de aquí, ya sabes, de dentro. De mí. Lo siento, de verdad. Soy consciente de todo lo que has dado por mí y lo mucho que hemos aprendido juntos, pero no quiero verte más. Me encantaría poder darte unos motivos lógicos o por lo menos no tan confusos, pero no los tengo. Imagino que el amor es así; una mañana te mueres por vivir siempre con alguien y a la siguiente te vives por morirte sólo de ti. Yo qué sé, Javi. Qué voy a decirte yo. El caso es que ya no quiero verte por las mañanas ni por las noches, ni quiero que seas tú quien me vea a mí. No me malinterpretes, no estoy diciendo que me vaya de ti para irme hacia otro y agarrarme a él. No, no hay otro. (Y espero que Cupido se esté quietecito). Es sólo que me has querido tanto tanto, que ahora yo no puedo dejar de hacer lo mismo conmigo. De quererme. Y es por eso por lo que me voy. Quiero disfrutarme entera, Javi. Bailar conmigo, reír conmigo y, bueno, no te voy a engañar, follar con quien quiera. No es tu culpa. (De verdad que no). Pero tampoco es la mía, vaya. ¿Qué manía es esa de buscar siempre culpables? A veces no los hay. A veces es el tiempo, que simplemente juega su papel de viento y nosotros el de bolsa del supermercado que se deja balancear por éste. Cuántas tonterías he dicho siempre, ¿verdad? En fin, espero que no me odies durante más años de los que me has querido. Hemos tenido algo muy bonito. (Qué pena que no me dé ninguna). Yo tampoco entiendo por qué ha pasado esto, pero ya ves, fases de la vida como aquel diría. Estarás pensando que soy una zorra, puedo ver incluso tu cara mientras te escribo esto e imaginarme cómo vas a pasarte toda la noche mirando el teléfono llorando lo mucho que me quieres y preguntándote qué has hecho mal. No te duelas a ti mismo inyectándote veneno en los pensamientos, por favor. Nos conocemos y sé que eres el único capaz de hacerte daño realmente, heridas sabemos hacer todos. Que me esté despidiendo no quiere decir que no te quiera. Sabes que lo hago. Muchísimo además, y la mujer que tú has conocido lo va a hacer siempre. Pero ya no ésta, ya no Carla. Ya no yo. Ahora ya no sé echar de menos ni quiero acordarme de cómo se hacía. Ya ves, yo, tan madura que he sido siempre y ahora, pum, diciéndote estas cosas como si tuviera quince años de nuevo. Bueno, espero que consigas esas cosillas que tenías en mente, ya sabes, lo de la moto y aquella otra del garito este de Alberto. Y no seas tan nervioso, anda, y deja que las cosas ocurran solas, verás como duermes mejor por las noches y no das tantas vueltas como últimamente hacías. Quizás algún día sepas algo de mí. Quizás nos veamos. O quizás no. Quién sabe lo que quiere el destino hacer con nosotros. O bueno, la casualidad, que tú siempre has tirado más hacia ese rollo. Inocente.. Ya sabes que estoy bromeando, no te me vayas a enfadar. Un abrazo, cielo. Te va a sonar egoísta, pero no te olvides de mí. (A ver, quiero decir que)  No es que quiera que me esperes, pero tampoco te vayas muy lejos. ¿Me explico?

Ay, yo qué sé, Javi.



miércoles, 21 de mayo de 2014

Tal vez el error fue usar imperativos y no advertencias

Me imaginé unas manos acariciando a mi ausencia y me desnudé en un intento absurdo de que apareciesen.
Escuché disparos y esperé ver sangre.
Y en lugar de muertos, me encontré a mí.
No supe qué hacer con tanta nieve
y me quedé quieta esperando a que lloviera.

No lo hice.

Le puse nombre de varón a la nostalgia
y fecha de entrega a unos besos caducados
antes de convertirse en saliva.
Escuché voces al mirarme al espejo.
No entendí qué decían porque sólo daban consejos. Inútiles.
Y aún más lo que me contaban.
No miré nunca atrás. Mucho menos adelante.

Abracé a la niña y besé para despedir
a la mujer que creí ser.
Anduve descalza tratando de averiguar de quién eran los pies por los que yo cojeaba.
Perdí la brújula para no perder el norte
y amanecí en una sala de espera que irradiaba
tanta tanta luz
que nunca supe si era recuerdo o conciencia.
Canté una canción llena de versos
sobre ser pedregoso camino,
y me sentí mejor.

Recordé que yo también soy la piedra
con la que un alguien tropieza,
entonces por no echarme a llorar;
eché a correr por impulso.
Creo que intentaba alcanzarme.
A la que había sido y a la que fui.

Caí al suelo.
Quizás estaba a punto de conseguirme.
De volver a ser la que era.


Pero me tropecé con quien soy.

jueves, 15 de mayo de 2014

Ten pesadillas y te sacarán los ojos



Me gustaría serle fiel a mis impulsos de perra en cielo.
Jurarle al espejo que antes que nadie, estoy yo.
Toda mía. Toda para mí.
Pero siento cierta satisfacción cuando meto el dedo en la herida
para volver a ver tus manos.
Tus recuerdos están mojando a mis ganas
y limpian todo atisbo de besos ajenos.
Joder, qué has hecho de este cuerpo que yo sostengo.
De este saco de carcajadas acumuladas que,
sin querer,
suelta su risa y acto seguido se sorprende acordándose
del sonido de la tuya. 


Ojalá vuelvas.
Ojalá vuelvas.


Y, sin embargo, te quiero tanto que ojalá no lo hagas.