Cristina Pérez.

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Más que pájaros, tengo un campo de minas en la cabeza.

viernes, 18 de abril de 2014

Tantos peces en el mar y yo me enamoré del pájaro.



Una vez crié a un cuervo que en vez de sacarme los ojos, me besaba los párpados. Lo alimenté de una mezcla de ambigüedad, confusión y calor humano. Le mostré la diferencia entre mirar con los ojos, con las manos y con los sentimientos. Cuando comprendió a qué me refería, comenzó a posarse siempre a mi derecha para mantenerme siempre a su izquierda. No tuve que hablarle de corazones. Creció y, aun viéndose las alas, me nombró cielo y se quedó conmigo. Sabía que sabía volar y por ello nunca alzó el vuelo más allá de las nubes de mis piernas. Del sol que, por aquel entonces, habitaba en mi espalda. Aprendió a besarme la nariz y las penas, y se disfrazaba de viento cuando yo exigía tormenta. Poco a poco acabó cuidando él de mí. Disfrutaba enseñándome las distintas formas que existen de reírse de uno mismo, y después me comía la boca como queriendo mostrarme que el amor propio es en realidad la falta de odio hacia todo lo ajeno. Dormía conmigo a kilómetros de mí y a la mañana siguiente seguía estando entre mis sábanas. Me ofreció su intuición y me hizo disfrutar de su inteligencia. Yo a cambio le dejaba las persianas subidas y derribé todas las puertas de mi casa. Se enamoró de mi carne débil, de mi coraza cruda y de la carroña que escupía cada vez que me quitaba la razón en lugar de las bragas. Nunca he tenido alas, sin embargo me echó a volar. Observaba desde abajo la manera en la que yo flotaba ahí arriba, y cuando dejaba de preocuparse de mi posible caída, sonreía. Luego me cogía la mano y, como si de un tipo de promesa se tratase, posaba su pico en mi frente. Jamás entendí por qué no se cansaba de mi tacto de cazadora. Más tarde me sentí cazada -que no presa-, y lo comprendí.

Una mañana ya no estaba entre mis sábanas. Me asomé a la ventana y esta vez era yo la que lo observaba volar. No se fue lejos, ni siquiera voló más alto de lo que me dejaba hacerlo a mí, simplemente quiso dejar de hacerse viento para sentirlo cuando yo ya no exigía tormenta; sino serla.

No lo he vuelto a ver, pero no le quito la vista de encima. De vez en cuando se posa en el alféizar y coloca mi mano en su pecho. Le noto respirar y, de pronto, me escucho latir. Cuando confirma que le he entendido, vuelve a abrir las alas y sigue rondando cerca de mi ventana. Luego continúo con mi día pero antes de alejarme de la repisa, vuelvo a mirar una vez más. Sólo entonces comprendo que yo no estoy allí abajo observando sus movimientos. Estoy, tal y como él trata de hacerme recordar, a la misma altura que su vuelo.



Una vez crié a un cuervo que jamás me sacó los ojos.
Pero yo se los regalé.

5 comentarios:

Andrew dijo...

Increíble ;)

bé. dijo...

me alucinas

Marina Morell dijo...

Piel de gallina, Cristina. Incluso el título está acertadísimo. Me encanta haberte descubierto, ya te sigo en la página de facebook.

Un abrazo grande.

Cristina Pérez. dijo...

Muchas gracias a las tres, lindas.

Anónimo dijo...

Hace tiempo que me topé con tu blog por casualidad. Y es que tengo la absurda teoría de que el mundo por suerte, o por desgracia, está hecho de eso. Por momentos como este creo que merece la pena a veces el insomnio. Por volar. Por ser viento en cada una de tus palabras. Por enamorar, y es que creo que todos nos da miedo hacerlo por precisamente eso: por si nos arrancan los ojos, y con ellos el corazón. Cada vez que te leo, me convenzco de que las madrugadas no son tan malas. (Antes tenía miedo a la noche) Ahora me gusta apagar la luz, encenderme un cigarro y leerte, o leerme... según como lo mires. Gracias por sacarme de dentro lo que a veces me cuesta hasta expresarme a mi misma, por la gilipollez de que no me gusta verme llorar. Verme débil, frágil... humana. Y eso tú por suerte, por desgracia o simplemente por casualidad lo consigues. Gracias.