Cristina Pérez.

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Más que pájaros, tengo un campo de minas en la cabeza.

sábado, 15 de abril de 2017

Tienen algo en común la profesión, la decepción y el incendio.

Pasan sus días, más por encima que por delante, como si en cualquier momento fuese a explotar una bomba a la que él mismo le ha cortado mal los cables. Nadie sabe si su niño interior está muerto o callar es la única forma que tiene de pedirle auxilio. Él, por su parte, ha escuchado lo que otros tenían que decirle impasible, con la cara del hijo de puta que mata y admite que no se arrepiente. Después a solas se ha echado a llorar y a perder. Y ahora siempre duda del camino de vuelta a casa.

«No estás perdido, tan sólo confuso». Nos han jodido. ¿Acaso no es la confusión la peor forma de no encontrarse?

Conocen que no hace ruido para que se duerma el monstruo que despertó y crió hace meses y con el que ya no quiere jugar, que no es otro que el vértigo que separa la cama del suelo y al que se enfrenta cada mañana con el éxito ridículo de quien lo consigue porque no hay nadie más compitiendo. No, no necesita dormir; necesita que comprendan por qué hasta el zumbido del frigorífico molesta a quien carga con una mente que ni en sueños le da un descanso. Piensan que le pesa su risa; la misma que no logra prolongar en el tiempo. Aquella que se expande paralela con el resto y nunca llegan a mezclarse sus ecos. ¿A quién no le hace mella todo lo que ha sido y ya se fue? Primero ignorante, más tarde inocente; valiente sólo unos pocos. 

Qué terriblemente vulgar el llanto cuando lo único que busca es consuelo. Y siempre de tontos.

Pero él continúa poniendo su mejor cara partida, intuyen, cuando se cruza en las escaleras con el señor de la limpieza, con la pareja del primero yo y luego también, con la niña que no deja de joder con la pelota. Entonces recuerda la educación que un día le inyectaron: su hermana con ternura, su padre con recelo, su madre con ausencia. Y cuando viene a darse cuenta han pasado ya tres horas, cinco días, catorce años. Y la cena ya está fría. Y el teléfono sigue sonando pero ahora es él el que no quiere escucharlo. Y no pasa nada porque nadie habla de ello; porque nadie lo dice en voz alta. «¿Y cómo vas de aquello? Ya sabes». Y no pasa nada porque nada existe mientras no lo conviertan en lenguaje. Y no pasa nada porque a él no lo llaman por su nombre.

La última vez que lo vieron iba cantando por la calle, dicen. Tal y como hacía cuando nos cuidábamos entre nosotros mientras el mundo nos obligaba a crecer.
Nunca olvidas a alguien que crece contigo. ¿A quién no le hace mella todo lo que ha sido y ya se fue? Primero ignorante, inocente siempre tarde. 

Valiente,
         ¿quién?




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