Cristina Pérez.

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Más que pájaros, tengo un campo de minas en la cabeza.

domingo, 1 de septiembre de 2013

"Que te calles, que te calles, que te calles".



No dejo de ver una sombra en el espejo que,
bailando,
mueve los brazos en señal de protesta.
Una llamada de atención hasta que suena un buzón de cartas escritas a voz.
Un "estoy aquí" en movimiento,
                                                                          y descalza,
que es la mejor manera de matar al frío
y al "no me fío ya de ti".
El cariño hace el roce, y el roce la (her)ida.
Y te juro que una vez aprendí que a veces quedarse también es de cobardes.

Ya lo he olvidado.

Imagino que el camino de vuelta te lo hacen los recuerdos,
porque de poco te sirven las migas de un corazón que ya no calzas.
Por mi parte sigo siendo una impuntual: nunca he sabido irme a tiempo.

Pensándolo mal y tarde, una declaración de amor debería empezar por el propio,
pero somos humanos, no perfectos;
ojalá algún día sepan querernos todo lo que nos hemos odiado.
Ojalá nunca sepamos verlo.
Pero sí notarlo.
Y anotarlo con ceras de colores en las baldosas de los parques
donde ya no iremos a callar los mismos gritos.

He vaciado la maleta y se ha llenado la habitación de sentimientos.
¿Por qué coño lo llamarán volver a casa cuando nadie te espera?
Hace un tiempo que dejé de tener sueños,
para pedirlos,
pero me cumplo en el burdo intento de dejar de ser muy mía
para acercarme más a ti.
Y no me perdones, pero echo de menos lo que un día vino
y ahora quiere irse,
no todo aquello que dicen que aún queda por vivir.
-Como si no hubiera muerte más próxima que la de un futuro lejano-.

En fin.

Lo hago todo dos veces por el margen de error,
para no evitar equivocarme.
Subrayo con fosforito a las personas para que no se me olviden.
Y resumo, como si supiera, que esa habilidad que tenemos los homo sapiens 
de andar de espaldas sin dejar de ver lo que nos pisa por delante,
no deja de ser una prueba de suicidio en casa ajena.



Un homicidio pasivo.



Quizá deberíamos abrazar fuerte a quien tiene mucho que perder
y pocas ganas de salvarlo,
en lugar de dedicarle esa especie de mueca que conjunta
con un vestido cualquiera un domingo de amapolas.

La culpa es de las flores,
dejad a las mariposas.


6 comentarios:

ℳ ª del ℳar ℳ.A. dijo...

La culpa no es de las flores... Es tuya por escribir tan bien...(no se te ocurra callarte).

Cristina Pérez. dijo...

Menos mal que te has atrevido, Mar, menos mal.

Anónimo dijo...

Desde este pueblecito de Lyon leerte me hace más llevadero los kilómetros que me separan de casa. Eres fantástica, ojalá tú.

Anónimo dijo...

Genial!

Garvía dijo...

"Quizá deberíamos abrazar fuerte a quien tiene mucho que perdery pocas ganas de salvarlo"...
Sencillamente sensacional. ¡Me apasiona! Esa parte en particular, pero todo el texto en general.
:)

Cristina Pérez. dijo...

Muchas muchas gracias. :)