Cristina Pérez.

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Más que pájaros, tengo un campo de minas en la cabeza.

miércoles, 21 de mayo de 2014

Tal vez el error fue usar imperativos y no advertencias.

Me imaginé unas manos acariciando a mi ausencia y me desnudé en un intento absurdo de que apareciesen.
Escuché disparos y esperé ver sangre.
Y en lugar de muertos, me encontré a mí.
No supe qué hacer con tanta nieve
y me quedé quieta esperando a que lloviera.

No lo hice.

Le puse nombre de varón a la nostalgia
y fecha de entrega a unos besos caducados
antes de convertirse en saliva.
Escuché voces al mirarme al espejo.
No entendí qué decían porque sólo daban consejos. Inútiles.
Y aún más lo que me contaban.
No miré nunca atrás. Mucho menos adelante.

Abracé a la niña y besé para despedir
a la mujer que creí ser.
Anduve descalza tratando de averiguar de quién eran los pies por los que yo cojeaba.
Perdí la brújula para no perder el norte
y amanecí en una sala de espera que irradiaba
tanta tanta luz
que nunca supe si era recuerdo o conciencia.
Canté una canción llena de versos
sobre ser pedregoso camino,
y me sentí mejor.

Recordé que yo también soy la piedra
con la que un alguien tropieza,
entonces por no echarme a llorar;
eché a correr por impulso.
Creo que intentaba alcanzarme.
A la que había sido y a la que fui.

Caí al suelo.
Quizás estaba a punto de conseguirme.
De volver a ser la que era.


Pero me tropecé con quien soy.

5 comentarios:

Mario García dijo...

Es bueno y cuando lees la segunda vez es increíble. Me declaro fan.

Cristina Pérez. dijo...

Qué ilusión que tú me digas esto. Muchas muchas gracias.

fantasma dijo...

creo que es para leerlo una y otra vez, y no cansarte nunca.

mqm dijo...

Eres luz. Abrazo fuerte desde Sevilla.

Marina Morell dijo...

Es increíble. Me ha encantado.
Uno de los mejores que te he leído, Cristina :)

Una abrazo.