Cristina Pérez.

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Más que pájaros, tengo un campo de minas en la cabeza.

domingo, 29 de noviembre de 2015

La piedra con la que siempre tropezamos es un bordillo; a ver esos dientes.

Me pregunto a qué le teme aquel que busca en personas libros de autoayuda. Cuánta empatía nunca jamás nadie puso en sus hombros aliviándole el peso de los mismos. 
No hagas heridas en cuerpos ajenos para cobrar las cicatrices del tuyo, me digo. Tener razones para llorar no es tener permiso para hacérselo a otros y creo que quien está realmente con la mierda hasta el cuello, en lo último que pensaría es en ahogar al de al lado; en lo primero sería en salvarlo.

Mucho miedo tenemos que dar las personas para que los monstruos se escondan en el armario, pienso. No acepto el "cuídate" de nadie que no se vaya a quedar a ver si lo hago y es por el mismo motivo que me gustaría ser capaz de gritar un "basta" en mitad de una plaza llena de transeúntes, porque no son más que personas que pasan por un lugar y también de largo ausentes a todo sentimiento que no le ensucie la camisa, y que todos bajasen la cabeza pensando que tengo razón y no en que la he perdido. Tampoco es tan importante, me convenzo. Espero no darme por vencida a la tercera de la décima vez que lo intente y, si existe un dios y tras suficientes años de cagarme en él no me lo impide, darme por contenta, la vuelta y dejarme abrazar por los míos, que son el tejado de esta casa en construcción constante que soy yo, me conformo.
Mientras tanto me acuno en la idea de que algún año tendré treinta y no estaré segura de si ese será mi lugar, sin embargo mi preferido en todo el mundo seguirá estando bajo el edredón de mis padres. Imagino que entonces no andaré tan perdida.


Ahora algo me mantiene despierta, pero no sé si es el enjambre de abejas en la cabeza o la colmena abandonada en el pecho. Aquí sigo, alimentando cuervos en los ojos por el que nunca me dejó ciega; escribiendo en pasado cosas que no vivo para encontrarme con el déjà vu en el futuro y hacer como si esta vez sí; sabiendo decir adiós sin pensar en cuántas vidas se me van en aprender, despedida tras despedida, a escucharlo.

Probablemente para aquel que no tenía nada que perder tampoco fue suficiente, me repito.

Así que guardo silencio y aparecen larvas en mi lengua; “n u n c a  m á s”, deletreo.
Y al mirarme al espejo luzco las encías sangrantes de los perros que ladraban por no morder. 

No recuerdo en qué momento las palabras dejaron de afilar nuestros dientes.



1 comentario:

bé. dijo...

Siempre sigo queriendo leerte más.
Qué bonito lo haces.
Besos.