Cristina Pérez.

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Más que pájaros, tengo un campo de minas en la cabeza.

martes, 19 de febrero de 2013

"Si quieres, decimos a Sabina que nos nombre".

No es la vida lo único que tiembla cuando tú sujetas mi espalda
y el mundo da volteretas con los ojos en blanco.
A veces me da por pensar que todo lo que sé de vivir lo he aprendido
muriendo en cada uno de los versos que dejas en las comisuras de mis labios.

Y no conozco mejor forma de estar
que quedándome contigo.

Sé que abrazarte es abrazar al futuro y dormir en tus piernas guiñarle un ojo a las penas,
a la vez que tú vigilas que me dejen soñar(te) mientras me acaricias la desidia.
La rutina nos parte la boca contra el bordillo, pero qué poco importa si tú
sigues ahogándote en el café de las mañanas para acabar salvándome a mí.
De mí misma.
Podría hablarte de cómo al dibujar curvas, en mis curvas, me coloreas la sonrisa.
O de cómo madrugar se ha convertido en apretar los ojos
deseando poder seguir haciéndote reír,
aún cuando tú no dejas de apretar los dientes.
Todo lo que conozco de ti es todo en lo que me pierdo.
Y no me busques, porque espero encontrarte más allá
de unas manos cogidas por debajo de la mesa.

Hablar de ansia de vida es fácil si tú me acompañas.
Como si hacer el amor no fuera otra forma de hablar del mismo.
Y no concibo las mariposas del estómago como algo distinto a las ganas de volar.
Y qué somos nosotros si no eso; alas.
Las mismas que me das cuando me peinas los miedos que se enredan en mi pelo.
Las mismas que me crecen cuando decido hundirme en mis charcos,
y tú saltas a la vez,
mojándote conmigo los bajos del pantalón para provocar mi risa,
siempre que yo no puedo provocársela a la vida.


Quedarse nunca fue lo mismo que no irse. 
Y yo no quiero aprender a irme sin ti. 
Porque Roma quizá nunca sea el destino 
y puede que jamás nos eche de menos,
pero las ciudades sin nombre ya son nuestras
y hablan de nosotros,

sin ni siquiera, nosotros,
haber salido 
de tu ombligo.



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