Cristina Pérez.

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Más que pájaros, tengo un campo de minas en la cabeza.

lunes, 14 de julio de 2014

La vergüenza del que ni quiere ni lo intenta.

Andas como despistada y quejumbrosa, mezclando los colores de las fachadas con los de tus sandalias. Inmersa en ese instante de recién nacido en el que nos hallamos nada más despertar y al que tú consigues llegar tan fácilmente de tu propia mano. Caminas pasando el dedo índice por las sillas de las terrazas donde hueles a café; por las mesitas de madera vieja al sol de la tienda de muebles que hay en la plaza; por las flores que las vecinas, libres de niños, cuidan cada mañana. Caminas y no te das cuenta de que lo haces. No piensas en nada, sólo miras y tocas y hueles. Te sonríes de vez en cuando por algún recuerdo que se te proyecta de golpe y caricia en los ojos y acto seguido desaparece liviano. Caminas y el resto camina contigo o por ti. Un paso, otro, otro más. Y por un momento son tus pies de niña los que nos mantienen equilibrados. Estúpidos pasan por tu lado y no advierten de qué estás hecha. De quién te hiciste. Andan deprisa para llegar a ningún sitio, como si así fuesen a correrse antes en cualquier suelo. Deseosos de cumplir con la tarea del día para sentirse realizados. Tú en cambio sigues caminando contigo misma. Te miras las huellas y piensas en ese juego de cuando eras cría que consistía en evitar las líneas de las baldosas, y las evitas. Tarareas una canción que probablemente no existe y te sientes viva y vivida. No tienes prisa ni reloj. Ni dueño ni miedo. No tienes nada que ganar porque en ese momento no eres consciente de todo lo que te queda por perder.

Sólo caminas.

Yo te observo pensativo, queriendo saber si te miro ajeno al resto o formando parte del resto que te mira.

Y entonces ahí estás.
Y entonces te veo.



4 comentarios:

Pablo Romero dijo...

Esto es un pedacito de cielo. Te dejo un abrazo.

bé. dijo...

de mayor me pido ser como tú

RH dijo...

Pues no me parece quejumbrosa, sino ligera, liviana, completa. Es un privilegio esa sensación de no tener nada que ganar, de poder mirarse las propias huellas, de saberse así y darse cuenta de cuánto los demás pueden ignorar sobre quién es de verdad y de quién está hecha (ese material precioso, invisible a simple vista, que tan pocos conocen). Es una suerte poder caminar así de vez en cuando sabiendo no pensar en nada porque en ese tiempo se tiene todo, se sabe todo, y en cierto modo, se sabe todo.

Anónimo dijo...

Creo que llevo toda mi vida caminando, y han terminado por dolerme los pies. No creo que sea suerte, si no desgracia. Porque pasa el tiempo y aún sigo sin saber en que lugar me corresponde pararme porque todavía no había encontrado ese espacio en el que me mereciera la pena detenerme a mirar. Pero debo decir que hasta aquí, hoy creo que he encontrado un pedacito de ti aquí dentro. Y por primera vez pienso sentarme a leerte y ver tu camino. Por si me merece la pena cambiar el rumbo y dejar que sean tus palabras las que prosigan andando en mi.